No hay paños
calientes posibles: un desajuste de dos o hasta tres puntos no desacredita un
sondeo de opinión, sino que forma parte de su propia naturaleza (la famosa
«horquilla»), pero un error de entre cinco y siete, y generalizado, es una catástrofe
demoscópica. El contraste entre lo que anunciaban las encuestas, todas a una, y
los resultados del recuento de votos el pasado domingo en Andalucía ha traído
estos días de cabeza a los institutos de opinión, enfrascados en analizar los
porqués de su llamativo traspié. Después de unos años tranquilos en los que
estos «termómetros» de tendencia habían recuperado su crédito porque más o
menos habían acertado (eso sí, protegidos siempre por la cautelosa coartada de
que cada sondeo es una «foto fija» del momento en que se hace), vuelve con
fuerza la coletilla popular («no dan una»), e incluso la cita casi legendaria
de Felipe González: «Vamos a derrotar a las encuestas».
De hecho, este
patinazo de los sondeos en el 25-M andaluz conecta con los de dos momentos
cruciales de la historia reciente, en las elecciones generales de 1993 y 1996.
En las primeras, con un PSOE cercado ya por los escándalos de corrupción,
predijeron una victoria por la mínima del PP que no se produjo. Y en las
siguientes, auguraron una amplia mayoría para Aznar que al final se plasmó en
una ventaja mucho más estrecha. La famosa «dulce derrota» de los socialistas.
Las empresas demoscópicas coinciden en que resulta apresurado hacer un análisis
en profundidad de qué ha ocurrido. Algo tiene que haber fallado en uno de los
dos puntos cruciales en la elaboración de una encuesta: o bien el de la
recogida de datos (realización adecuada de las entrevistas), o bien el de
«cocina» (interpretación). Y dado que nadie ha acertado, cabe atribuir más culpas
a las recetas de los cocineros, pues no resulta creíble que todos los
«encuestólogos» hayan tenido que trabajar con materia prima de mala calidad.
Voto sobrevalorado
A posteriori, el
«gurú» del PP Pedro Arriola ha insistido en que ha aflorado en las urnas un
«voto oculto» a los socialistas, argumento recurrente en el que no cree Narciso
Michavila, presidente de GAD3: «Toda encuesta tiene su voto oculto, no solo las
de estos comicios», aduce, y, además, hace notar que «en este caso ha habido
más revuelo por el resultado político que por el margen de error de los
sondeos, aunque, efectivamente, hayan sido un gran fiasco». Asegura que es
pronto para entender bien lo acontecido, pero esboza algunas posibles pistas:
«La primera, la falta de referencias inmediatas, pues las elecciones andaluzas
no se celebraban separadas de las generales desde 1990. Por otra parte,
nosotros hicimos dos oleadas y es verdad que en la segunda acertamos que Griñán
remontaba. Le colocamos en una horquilla de entre 44 y 48, lo que desmentiría
el argumento del “voto oculto” socialista. Y sabíamos que la participación iba
a bajar muchísimo. El gran error de todos ha sido la sobrevaloración del voto
al PP». ¿Por qué? «Ha habido un votante del PP que al final no ha ido a votar,
y los niveles de participación, cruciales, podrían haber jugado en favor de
Javier Arenas. Con cinco puntos menos de abstención, habría tenido la mayoría
absoluta, por los restos de la ley D'Hont».
Detalla Michavila
que, con respecto a Chaves en 2008, Griñán ha perdido 655.000 votos, mientras
que el PP se ha dejado 163.000, «cuando lo lógico habría sido que la
confluencia de la mayor abstención con una mayor movilización de esa parte del
electorado le hubiera dejado comido por servido. Con esos 163.000 votos, hoy sí
tendría la mayoría absoluta». Dice también que la abstención se ha dejado
sentir especialmente en las localidades costeras, afectas casi todas al PP.
Pero otros
especialistas sí ven un mayor relieve en la ocultación del apoyo a los
socialistas. Sobre la relación que puede haber entre un supuesto «voto
vergonzante» y los escenarios de denuncia pública de episodios de corrupción,
sean del signo que fueren, el presidente de Metroscopia, José Juan Toharia,
reflexiona en voz alta: «En Valencia no se produjo, pese a que muchos votantes
del PP se sentían incómodos con Camps, que en ese momento estaba ya encausado».
Lo contrario del caso de estas elecciones andaluzas, donde, como en 1993 y
1996, sí ha pesado, en su opinión, la «espiral del silencio» acuñada por Noelle
Neumann. Un fenómeno sujeto a una confluencia de circunstancias, apunta, y no
específico de la idiosincrasia de ningún país o región. Estima que la remontada
en última instancia de Griñán, una realidad que sí llegó a ser esbozada en los
últimos sondeos, «puede haberse debido, precisamente, al error del PP de tocar
en exceso la tecla de la corrupción. Puede haber tenido un efecto rebote en una
parte del electorado que se ha dicho “caramba, es que no todo el PSOE está
podrido”. Y, además, no olvidemos que Griñán no ha tenido empacho en endosar el
escándalo de los ERE a Chaves y sus muchachos, algo que, por ejemplo, no hizo
Rubalcaba con Zapatero en las generales. No se desvinculó de su gestión».
Explica Toharia que «la tasa de fidelidad es un factor que por sí solo ya
explica lo que ha pasado. Estimábamos que la de los votantes del PSOE iba a
situarse entre 55 y el 60 por ciento y finalmente ha superado el 70».
Elemento de
distorsión
Para Julián
Santamaría, presidente de Noxa Consulting y artífice de las míticas encuestas
que manejaba Alfonso Guerra durante el felipismo, «se ha fallado a la hora de
asignar a los diferentes partidos esos entrevistados que no te dicen a quién
van a votar. Seguramente no se ha tenido suficientemente en cuenta el clima que
había en esta ocasión, muy negativo para los votantes socialistas. En otras
encuestas anteriores esa misma gente, a la hora del recuerdo de voto, se
manifestaba como votante del PSOE sin ningún problema porque no estaba mal
visto». Un elemento de distorsión muy parecido, asegura, al que desajustó
muchos sondeos en 1993 y 1996. Ello, pese a que, apunta, «se han abstenido más
socialistas que populares».
Santamaría, quien
también destaca la importancia que ha tenido una tasa de fidelidad al PSOE
mayor de la esperada, resta calado, sin embargo, al hecho de que en esta
ocasión las autonómicas se celebraran separadas de las generales:
«Históricamente, eso no ha tenido una influencia sustantiva». Y, por último,
hace hincapié en la envenenada carga no solo a priori, sino también a
posteriori, que en ocasiones pueden tener las encuestas fallidas: «Si los
sondeos de las elecciones andaluzas no hubieran sido tan desacertados, a lo
mejor ahora no se estaría especulando sobre el final de la carrera política de
Arenas. Quizá se darían por buenos sus resultados» (ABC, texto da jornalista BLANCA TORQUEMADA)
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