Hay escenarios que
impiden, incluso al mejor de los videntes, descifrar qué sucederá en el futuro.
La volatilidad de la opinión pública, el auge de nuevos partidos que se hinchan
y deshinchan al vaivén del último escándalo o tertulia televisada... Los
sociólogos y las empresas demoscópicas lo tienen muy difícil para afinar el
tiro sin fallar el objetivo.
Para saber qué
pasará en la noche del 20-D, además de estar muy fino, hace falta mucha
«cocina» electoral. Sí, la tan denostada «cocina» no sólo no es mala sino que
además es indispensable. «Retorcer» los datos recogidos por los encuestadores
es obligatorio; la intención con la que lo haga cada empresa, no tanto.
La «cocina» en las
encuestas es indispensable
«La cocina es
necesaria porque la gente, cuando le abordas por la calle, no dice toda la
verdad y los buenos analistas deben filtrar para descubrir la realidad»,
explica el sociólogo Pepe Fernández-Albertos. «La gente está muy indecisa y
miente. Pese a todo, las empresas de encuestas lo hacen sorprendentemente
bien», alega.
Cuando el Centro
de Investigaciones Sociológicas (CIS) hace sus encuestas, va ajustando el bruto
de los resultados hasta que crea lo que considera más aproximado a la realidad.
Así, por ejemplo, ponderan las respuestas sobre el recuerdo de voto o la
autoubicación ideológica para establecer los datos definitivos que publica.
Las personas
mienten. O al menos, no dicen toda la verdad. En las respuestas de las
encuestas pueden acumularse errores de memoria de la gente, cambios de
actitud... «Hay veces que es un problema de muestra: el votante de Podemos está
más atento a la política y le gusta presumir de ello, mientras que hay gente de
otros partidos que no quiere contestar», explica el sociólogo Alberto Penadés.
Cómo inducir al
voto y no caer en el intento
Más allá de la
veracidad de lo que puedan decir los encuestados y de la «cocina» necesaria,
¿pueden influir las encuestas en los votantes? Los sondeos pueden actuar como
un mecanismo para arrastrar gente; pero qué mecanismos funcionan en cada
momento no está escrito, argumenta Penadés. Y ejemplifica: «En la misma
situación, una misma encuesta puede ser utilizada para movilizar a unos o para
movilizar a otros. Unos dicen: vamos a darle bajo al Gobierno para que sus
votantes se alarmen y suba, otros: si le damos alto, los votantes se sumarán al
caballo ganador». Es decir, mismo resultado para distinto objetivo, lo que
demuestra que no existe un patrón que seguir de manera segura: «Las encuestas se
publican con esa intención sin duda, pero no es una ciencia exacta. Son, en
cierta medida, como las campañas electorales: no sabes cómo te va a salir, si
te va a funcionar o no».
«Las encuestas
varían la decisión sobre el voto»
La publicidad, las
campañas electorales, la publicación de encuestas… tienen muchas cosas en
común. Una de ellas, la menos evidente, es que la inmensa mayoría de la gente
niega que actúe (vote, compre, se manifieste) inducido por ellas. Y sin embargo
lo hacen. Hay que tener en cuenta un factor. Antes de la crisis de
representación del año 2012 la gente estaba fidelizada de manera partidista: o
eras del PP o eras del PSOE, el resto apenas tenía peso. «Ahora los votantes
retrasan cada vez más la decisión del voto –explica Albertos– la oferta es más
grande y hay elementos que hacen que cambie. Uno de esos elementos es las
encuestas».
Pese a todo,
seguimos sin saber cómo persuaden al electorado, si sirven para apuntalar al
caballo ganador o para asustarlo. «Los efectos son muy limitados y no lo
sabemos», indica. Pese a todo, hay algo que parece lógico: «Si el partido es
pequeño y los electores ven en las encuestas que es viable, les hace crecer»;
pero tras lo obvio, lo evidente: «Hay mucho ruido y no se sabe qué puede
beneficiar más al PP o el PSOE». La pregunta es clara: ¿cómo pueden movilizar a
su electorado? (texto do ABC)
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