«Pole pole». Dos palabras en suajili que significan una en español y señalan el primer mandamiento en el Kilimanjaro. Despacio. Un paso, y después otro. Segundo mandamiento: mucha agua. Tres litros al día —hervidos y potabilizados con pastillas— por prescripción de los guías, que parecen urólogos tal es su obsesión por el trasiego de líquido. Unos 20.000 excursionistas intentan todos los años hollar Uhuru Peak (5.895 metros), el pico cimero de este volcán situado al norte de Tanzania. Muchos son tipos con kilos y años de más, sudorosos e hiperventilando. No hay acuerdo sobre cuántos lo consiguen; hay fuentes que hablan de un 40-50 por 100 en la ruta Marangu, conocida como «ruta Coca-Cola», la más directa, popular y transitada, y que las estadísticas de Rongai y Machame son mayores, pero quién sabe. Machame es más larga, más rompepiernas, pero también la que permite una mejor aclimatación a la altitud y la que regala las vistas más impresionantes sobre el Kibo, el cráter principal del Kilimanjaro (ABC)
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